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Fecha de publicación: 25 de Febrero de 2026 a las 14:49:00 hs

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Medio: INFOBAE

Categoría: ESPECTACULOS

Yanina Zilli, la vedette que fue furor en los ’90 por sus romances explosivos, entró a Gran Hermano: “Vengo a ganar”

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Descripción: La artista vuelve al centro de la escena mediática y promete anécdotas escandalosas en el reality más visto del país

Contenido: El portón se abrió y, con él, una memoria colectiva. El regreso de Yanina Zilli a la televisión argentina, como participante de Gran Hermano Generación Dorada, no fue un ingreso más: fue un sacudón de nostalgia, brillo y cuentas pendientes. En una edición atravesada por la tecnología, las redes y la promesa de un reality aggiornado a 2026, su figura irrumpió como un puente entre dos épocas. Y bastó que cruzara el umbral de la casa para que la conversación estallara.

Presentada en la gala de ingreso por Santiago del Moro, en la pantalla de Telefe, la exvedette volvió al prime time con una historia a cuestas que mezcla lentejuelas y cicatrices, romances legendarios y silencios elegidos. La apuesta del programa por figuras que marcaron una era no es casual: Gran Hermano busca reavivar el fenómeno cultural que supo ser, apelando a la fibra sensible de quienes crecieron en los 90 y a la curiosidad de las nuevas generaciones. Y en ese cruce, el nombre de Yanina Zilli resuena con fuerza.

Nacida hace 57 años en Arequito, Santa Fe, su infancia transcurrió entre rezos, guardapolvos y una educación estricta en colegios de monjas, primero en su pueblo y luego en Casilda. Nadie imaginaba que aquella adolescente de formación rígida terminaría convertida en una de las vedettes más populares de la década del 90. Soñaba con ser actriz. Ese era su verdadero norte. Por eso se mudó a Rosario, donde comenzó a estudiar Derecho y Educación Física. No terminó ninguna de las dos carreras: el escenario la llamaba más fuerte. Y Buenos Aires, finalmente, se convirtió en su destino inevitable.

En la capital dio sus primeros pasos casi de casualidad. Un contacto le abrió la puerta de un casting en Telefe y así llegó a Brigada Cola. Después vendrían participaciones en Los Benvenutto. Pequeños papeles que eran, en realidad, grandes oportunidades. Para sostenerse, se sumó a los populares bikini-open y a presentaciones en boliches junto a otras figuras emergentes. La exposición crecía. El nombre empezaba a sonar.

El salto definitivo llegó de la mano de los capocómicos Emilio Disi y Miguel del Sel, y se convirtió en una de las caras más reconocibles del teatro de revistas. Rompeportones fue uno de los títulos que la consolidó como ícono de una televisión desinhibida y popular. También brilló en temporadas teatrales junto a Jorge Corona. Su figura exuberante y su presencia escénica la transformaron en símbolo de una época donde las plumas, el humor picaresco y la picardía eran moneda corriente.

Sin embargo, detrás del estereotipo había una inquietud más profunda. Yanina quería ser actriz dramática. Lo dijo más de una vez. Pero la industria la encasilló. El físico era titular; el talento, un pie de página. Intentó correrse de ese lugar, buscar otros registros, pero el mercado insistía en devolverla al brillo del show revisteril. Esa tensión entre lo que era y lo que quería ser marcó su carrera.

Su vida sentimental alimentó titulares y mitologías. Fue vinculada con Diego Maradona, con quien compartió —según relató— largas conversaciones y momentos de contención. También se habló de un romance con Luis Miguel, intenso y breve, como un relámpago. Y quedó para el anecdotario popular el episodio en el que ayudó a Martín Palermo a esquivar a la prensa, escondiéndolo bajo los asientos traseros de su camioneta. Su relación más estable fue con Ricardo Bochini, a quien recuerda como una de las mejores personas que conoció. Historias que, con el tiempo, se volvieron parte del folclore mediático argentino.

Pero la vida tenía reservado un giro mucho más profundo que cualquier romance. El nacimiento de sus hijos, Ornella y Santino, cambió su eje. Especialmente la llegada de Santino, marcada por un desgarro uterino que la dejó en coma farmacológico durante tres días. “Volví a nacer”, diría después. Ese episodio fue un quiebre. La maternidad dejó de ser un capítulo más para convertirse en el centro de su identidad. La prioridad ya no era el aplauso, sino la crianza.

Cansada del vértigo porteño y preocupada por la inseguridad, decidió mudarse a Mar del Plata. Allí encontró una nueva oportunidad en el mundo de los cosméticos, lejos de los flashes pero no de su esencia. Porque, aunque se alejó de los escenarios, nunca cerró del todo la puerta. El arte seguía latiendo, en pausa.

Su historia también está atravesada por momentos duros: una crisis económica familiar tras la caída empresarial de su padre, un intento de abuso por parte de un productor durante un casting —situación que logró enfrentar y rechazar— y decisiones truncas, como la invitación de Emilio Azcárraga Jean para trabajar en Televisa, oportunidad que no prosperó por una tragedia familiar que la obligó a regresar al país. Cada golpe, cada renuncia, fue moldeando una resiliencia silenciosa.

Hoy, con su hija Ornella radicada en Miami —ciudad que visita con frecuencia y donde no descarta emprender nuevos proyectos—, Yanina se define como una mujer que atravesó muchas vidas en una sola. Soltera, abierta al amor, pero sin urgencias. Con más certezas que ansiedades.

Por eso su ingreso a Gran Hermano Generación Dorada no es solo una jugada televisiva. Es, para ella, una revancha íntima. Una oportunidad de mostrarse sin plumas ni etiquetas, de que el público vea algo más que aquella vedette de los 90. En una casa donde todo se expone y nada se esconde, Yanina Zilli vuelve a escena con la experiencia de quien conoció el cielo del aplauso y el silencio del retiro.

El reality recién comienza. Pero su historia, cargada de brillo, dolor, amores y renacimientos, ya late como uno de los relatos más potentes de esta edición.

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