Fecha de publicación: 18 de Abril de 2026 a las 05:34:00 hs
Medio: INFOBAE
Categoría: ESPECTACULOS
Descripción: Intimo de Moris y Miguel Abuelo, entre otros, fue de los primeros en frecuentar la mítica Cueva. Testigo presencial y protagonista del rock nacional, acaba de editar un libro compilando todas sus entrevistas (82) en la revista Canta Rock. Desde Charly y Spinetta hasta Soda y los Redondos, un materia
Contenido: Hace ya 59 años de “La Balsa”, el tema fundacional del rock nacional, firmado por Lito Nebbia y Tanguito, y grabado por Los Gatos. En el diccionario tácito del rock nacional, junto a la entrada “pionero”, debería leerse: Pipo Lernoud. Y en la entrada Pipo Lernoud, diría (dos puntos): Pionero indiscutible de lo que se conoce como el movimiento del Rock Nacional. El hombre que estuvo ahí...
Ahí en la mítica Cueva de avenida Pueyrredón... Ahí en Villa Gesell, acampando junto a Moris y Miguel Abuelo... Ahí en (el baño de) La Perla de Once, donde Tanguito y Lito compusieron “La Balsa”... Ahí en las primeras entrevistas junto a tres chicos de raros peinados nuevos, más conoccidos como Soda Stéreo... Ahí dándole voz a unos desconocidos (aún) Los Rendonditos de Ricota...
Y podríamos seguir, claro. Pero una cosa es ser meramente un testigo y otra, muy distinta, es ser protagonista. Como que Pipo también es coautor de varios temas de aquella etapa germinal (“Ayer nomás”, “Diana divaga” y “La princesa dorada”, entre otros). Por no hablar de su pionera (otra vez) militancia ecológica. Y su participación como miembor fundador de tres revistas claves de esta historia: la Expreso Imaginario (1976/1983), Canta Rock (1983-1988) y La Mano (2004/2008).
De ahí esta charla, porque acaba de salir Voces de la Primavera Democrática/Los Reportajes de Canta Rock (Gourmet Musical). Son 82 entrevistas con los artistas esenciales del rubro que, a esta altura, pasan a tener un valor fundamental para quien quiera revisar la historia y la evolución de nuestro rock.
—Antes de llegar a La Cueva, reducto clave en esta historia que ya va para seis décadas, me gustaría conocer tus orígenes con el rock, Pipo...
—A ver, dejame calcular, entre los años ‘63 y ‘64 empiezo a escuchar a Los Beatles, que fueron muy importantes como puerta de entrada, pero también fue muy importante mi hermana -dos años mayor que yo-, que tenía el primer disco de Elvis Presley; otro que me volaba la cabeza era Ray Charles... En la secundaria, me echaron de varios colegios, y el último serio donde estuve fue el San Isidro Labrador, frente al CASI. Ahí tuve dos grandes amigos. Uno es el primer muerto montonero: Manolo Belloni, el papá de Victoria Onetto. Con ellos dos escuchábamos mucho jazz: Miles Davis, Charlie Parker, Mingus. Mis amigos se fueron a la universidad, yo me fui a La Cueva. Quiero decirte que cuando yo empiezo a ser cuevero, con 18 años, en 1965, ya tenía cierta formación musical.
—¿Y ahí vas a conocer a Moris, Miguel Abuelo...?
—No, a Miguel lo llevé yo a La Cueva.
—¿Cómo fue eso?
—A Miguel lo conocí haciendo dedo para ir a Villa Gesell en la rotonda de Alpargatas. Allá conozco a una chica que se llama Charito Loredo, que fue la que me puso Pipo. “Vos no te llamás Beto -por Alberto, mi nombre-, vos tenés cara de Pipo”, dijo. La cuestión es que meses después, ya en Buenos Aires, nos volvimos a ver y ella estaba en pareja con Antonio Pérez Estévez, el bajista de los Beatniks, donde tocaba con Moris, Pajarito Zaguri, Javier Martínez y Jorge Navarro. Ellos ensayaban en la Pensión Norte y en el cuarto de al lado estaba parando Miguel Abuelo -¡el mundo, un pañuelo!-; a partir de ahí nos hicimos muy amigos y yo lo llevo a La Cueva...
—Repasemos la barra de los cueveros entonces...
—Y bueno, también estaban Moris, Pajarito, Javier, Alejandro Medina, Lito... aunque Lito cayó un poco después, y como era menor, tenía un papel de sus padres que lo declaraban independizado.
—Cuenta la historia que tenían una ruta que terminaba, bien entrada la madrugada, en La Perla de Once...
—La mano era así: durante la tarde parábamos en El Moderno, un bar de artistas e intelectuales. Como decía Javier Martínez: “Vamos al Moderno, que están las minas de los pintores, que son todas lindas, pero los pintores son aburridos y la van a pasar mejor con nosotros”. Los pintores eran más grandes que nosotros. Y las minas mucha bola no nos daban, pero Javier conseguía lo suyo. De ahí, podíamos hacer escala en el Di Tella y ya entrada la noche caíamos en La Cueva. Y tipo 3 de la mañana, cuando cerraba, “naufragábamos”, remontábamos Pueyrredon hasta La Perla de Once, que estaba abierta toda la noche, y era un lugar muy concurrido por estudiantes universitarios. Todo eso caminando.
—Lo sé, te lo habrán preguntado mil veces, pero no puedo evitarlo, dada aquella polémica sobre la autoría de La Balsa, si es de Lito o de Tanguito...
—Sí, siempre me preguntan por eso.
—Es que es un hecho mítico, fundacional. Y vos estabas ahí, Pipo, no es un dato menor. Polémica que seguramente se acrecentó con la famosa sentencia de Javier Martínez, en la versión grabada por Tango, cuando con su vozarrón grita aquello de “¡En el bar de La Perla de Once compusiste La Balsaaaaaa!“.
—Claro, pero pasa una cosa: ¡ese día, para nosotros, fue un día cualquiera!, como tantos...
—Una noche más, queres decir...
—¡Claro, después se vuelve mítico! Pero era habitual que fueramos al baño con la viola, porque no se podía cantar en el salón, entre las mesas. Así Lito compuso “Madre, escúchame”. Otro día Moris componía lo suyo... Y como Tango no se enganchaba en nuestra conversaciones más bohemias y filosóficas, se iba al baño a tocar: ¡Chang! ¡Chang! ¡Chang! Entonces ese día Lito fue a mear al sanitario y Tanguito estaba dentro del cubículo del inodoro tocando la viola y cantando “Tengo que salir de acá, de este mundo abandonado”, no, perdón... “En este mundo de mierda” es. Lito escucha y le dice: “¡Che, qué bueno que está esto! A ver", se sentaron y lo siguieron juntos. Lito le metió los acordes de bossa nova y le cambió la onda al tema. ¡Estábamos ahí nosotros! Te lo puede jurar Javier (Martínez, de Manal)... Bueno, ya no puede jurar nada Javier, pobre, pero siempre decía: “¡Yo estuve ahí! ¡Y Moris también!”.
—Hablando de estar ahí. También sos muy amigo de Moris. ¿Estuviste en la sesión de “De nada sirve”?
—No, pero me la contaron, tanto Moris como Javier, que sí estuvo. Para mí “De nada sirve” es el primer rap del rock nacional, y está absolutamente influenciado por Dylan...
—Totalmente, así como “Subterranean Homesick Blues”, de Dylan, puede considerarse un rap muchos años antes de que existiera el género; creo que es de 1965. Aún hoy, muchos aún se preguntan si los siete minutos de “De nada sirve” son pura improvisación, ¿o Moris ya tenía el tema?
—Un poco y un poco. Moris tenía un pedacito: “De nada sirve escaparse uno mismo...”, dos, tres estrofas, no mucho más. Y pasó que a Los Gatos les sobraba un poco de tiempo en el estudio y se lo dieron a Moris: entró, arrancó con el tema ¡y no paraba! Si escuchás atentamente, hay como una percusión: es Javier que encontró por ahí una pinza y empezó a golpear un equipo siguiendo el ritmo.
—Hablemos de la Canta Rock...
—Surgió a fines de 1982, cuando empezaba a desinflarse la dictadura, a la vez que se empezaban a respirar aires delibertad y democracia. Miguel Grinberg tenía un espacio cultural en San Telmo, la Multiversidad de Buenos Aires. Un día nos juntamos con tres socios más -Oscar Iufe, Leonardo sacco y Pupo Simonelli- y pensamos una revista nueva inspirada en El alma que canta, una revista de los años ‘30 dedicada a cantores y gente del espectáculo. Empezó como una aventura de amigos, pusimos 100 dólares cada uno, y nos terminó yendo muy bien. LLegamos a vender 120 mil ejemplares. Con lo que gané, ¡hasta me compré un departamento!
—¿Dónde encontrás la clave del éxito?
—En el precio, era muy barata; en el tamaño, tipo TV Guía, te la podías meter en el bolsillo. Y que traía las letras y los acordes para sacar con la viola los hits del momento y los clásicos del rock nacional.
—Y tus reportajes...
—Sí, la idea era hacer entrevistas a fondo, y de paso, repasar los temas de cada músico pero con los acordes: eso fue clave; buscamos a Daniel Curto, de M.I.A. (de la banda indie de Lito Vitale), que era profe de guitarra y con una gran oreja para “traducir” los temas tal cual los tocaban Charly, el Flaco, todos.
—La revista nace en 1983 y va a cerrar en 1988, ¿qué pasó?
—Pasó que Ripoll (Daniel, el editor fundador de la histórica revista Pelo) sacó la Toco y Canto, y a diferencia de nosotros, que nunca quisimos irnos del rock nacional, empezó a incorporar contenido de las Madonna, Michael Jackson, todo lo que venía de afuera, artistas que ya tenían un gran consumo. Pensá que por esa época, ya estaba la radio Rock&Pop, después Ginbank sacó la revista Rock&Pop, y encima salieron los suplementos rockeros, el Sí! de Clarín y el No de Página/12.
—Entiendo. Antes hablabas de la influencia de Dylan sobre Moris, inaugurando lo que yo llamo el dylancriollismo, que varios años después va a tener en Gieco a su figura más visible, y más tarde a Calamaro...
—Sí, pero la influencia de Dylan arranca mucho antes. En eso Miguel Grinberg tuvo mucho que ver; Claudio Gabis, Moris y yo, también. Me acuerdo de traducirle las letras de Dylan a Tanguito. Ahí yo corría con ventaja, porque hablaba inglés y encima mi vieja estaba suscripta a la revista Time...
—Que para esa época sería como tener Internet casi...
—Totalmente. Moris, a su vez, sabía inglés porque habia ido al Belgrano Day School. Y a la vez, pasó que Gabis hizo un viaje a Estados Unidos con su familia y terminó trayendo todo Dylan, más un montón de discos de blues y rock que empezaron a circular entre nosotros.
—Y, según me contaron, está la historia de un poster muy psicodélico de Dylan que te trajo un tío de Estados Unidos, ¿no?
—Sí, todavía lo tengo enmarcado en casa. Mi tío, con quien yo no me llevaba bien para nada, y menos cuando me dejé el pelo largo -bah, era un tipo muy careta-, viajó a Estados Unidos por no sé qué cosa en el ’66 y se ve que se acordó de mí, vio un póster de Dylan y lo compró, sin tener mucha conciencia de qué se trataba. Yo no podía creerlo, ¡nadie había visto algo así acá! Después te mando una foto.
—¿Qué estás escuchando? ¿Seguís aferrado a los clásicos de aquellos tiempos, o tratás de estar al día?
—Creo que he cometido el peor de los pecados: distraerme con las redes sociales. Pero no, no me siento a escuchar música. Mi hija es fanática de los Beatles, entonces, escuchamos mucho en el coche. Sólo que ella no se banca mis dos fanatismos: Dylan y la Incredible String Band...
—Junto a Alfredo Rosso y Claudio Kleiman deben ser los fans número uno de una banda que no es muy conocida, ¿no?
—¡Se los hice escuchar yo! Y a Gloria Guerrero también. Son de Escocia, hacen folk psicodélico...
—¿Ese es tu altar?
—Sí, arriba, la Incredible... y Dylan; un escalón abajo, los Beatles y Caetano Veloso. Ah, me estaba olvidando de los Grateful Dead.
—¿Y de acá?
—¡Uyyyyyy!, pienso en Charly, León, Miguel, Moris, el Flaco, pero no quiero olvidarme de nadie. Y a vos, ¿te gusta la Incredible...?
—Sinceramente, Pipo, no la tengo mucho.
—¡No te la pierdas, escuchala! ¡Es un viaje!
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