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Fecha de publicación: 9 de Abril de 2026 a las 09:14:00 hs

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Medio: TN

Categoría: ESPECTACULOS

Hugh Hefner, entre los excesos y el escándalo: la vida del dueño de Playboy que construyó un imperio del sexo

Portada

Descripción: Hace 100 años nacía una de las figuras más polémicas del entretenimiento. De pionero de la revolución sexual a figura cuestionada, su historia combina éxito y denuncias que reconfiguraron su legado.

Contenido: Fue el símbolo del sexo. El hombre del pijama de seda que desnudó a las mujeres más bellas en su revista. El que dijo haberse acostado con más de 1000 mujeres. El que con Playboy construyó un imperio del sexo. Clubes nocturnos, programas de televisión, películas, discos, merchandising.

Las conejitas se convirtieron en el símbolo de lo sexy. Y su mansión —y el ingreso a ella— era el sueño de muchos varones de varias generaciones. Fue el hombre que revolucionó el sexo en la segunda mitad del siglo XX. Fue el editor de revistas más famoso del mundo. Fue también el que recibió denuncias de abusos y maltratos en su mansión. El que fue señalado por sexismo y machismo. Y fue también, en esa casa, el protagonista de un efecto extraño: el único que envejeció mientras a su alrededor todo permanecía igual, todas las concurrentes eran siempre de la misma edad.

Cien años atrás, el 9 de abril de 1926, nacía en Chicago Hugh Hefner, el creador de Playboy. Hijo de una auxiliar docente y de un contador; una pareja metodista ortodoxa que aspiraba a que su hijo se convirtiera en misionero. En la casa no se hablaba de sexo, ni se tomaba alcohol; Glenn, el padre, terminaría siendo el contador y tesorero de las empresas de Playboy: “Nunca miré las fotos de las chicas desnudas”, dijo poco antes de morir. Hugh estudió periodismo, se casó con su novia de la adolescencia (recién allí dejó el hogar paterno) y comenzó a trabajar en puestos menores de diversas publicaciones.

Mediados de 1953. Hugh Hefner tiene 26 años. Acaba de salir de la reunión de exalumnos de su colegio secundario. Él y un amigo fueron los animadores. Todos rieron con sus ocurrencias. Recibió varias ovaciones. Sale reconfortado, hace mucho que no se siente tan bien. De regreso a su casa, a mitad de camino, frena el auto en un puente, y piensa -se convence- de que eso fue una ilusión, que ya no es más el triunfador que fue en la adolescencia, toma conciencia de que no está llevando la vida que quiere, que es infeliz. No tiene dinero, no se lleva bien con su esposa, en el trabajo no tiene mayor proyección.

Ocupa un puesto de redactor publicitario en la revista Esquire. Está casado desde hace cuatro años con la única mujer con la que ha mantenido relaciones sexuales (dejó de ser virgen tras la boda, a los 22); tienen dos hijos. También consiguió, para sumar algunos dólares al presupuesto familiar, un trabajo en la distribución de una revista infantil. De todas maneras sus ingresos son magros, gana poco. Y sus tareas son grises, lo aplastan.

Decide, en un impulso, que tiene que lanzar esa revista que hace semanas ronda por su cabeza. Tiene algunas ideas pero pocos dólares. Recurre al banco: sólo obtiene un préstamo de 600 dólares. Su hermano y su madre le prestan unos miles más. Vende hasta lo último que tiene para completar los 8000 dólares que necesita para imprimir el primer número de la revista.

La llama Stag Party (algo así como Fiesta de Solteros). Pero ya existen unas revistas llamadas Stag y su editor amenaza con hacerle juicio. Hefner busca nuevos nombres: Top Hat, Gentleman, Sir, Pan o Bachelor. Ninguno lo termina de convencer. Al final se queda con Playboy.

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En pocas semanas, trabajando todo el día y tras renunciar a sus trabajos ante la mirada azorada de su esposa, reúne material para el número debut. Quiere que esté en los kioscos a principios de diciembre de 1953. Reúne un cuento de Sherlock Holmes, un extracto del Decamerón, un informe sobre cuánto le salía a un hombre divorciarse, una crónica sobre el ambiente del jazz, viñetas humorísticas, reseñas de libros y películas. Más o menos lo que se podía encontrar en cualquier otra revista, tal vez con un enfoque más libre, más audaz. Escribe el editorial del número uno con dedicación, Hefner muestra sus intenciones, una especie de declaración de principios. Enumera cuatro tópicos que tendría que abarcar la conversación de un hombre moderno, los cuatro intereses que la revista cubriría: Nietzsche, Picasso, el jazz y el sexo. Pensamiento, arte y literatura, música cool (después se sumó el rock con números especiales en cada marzo) y sexo, mucho sexo. Promete algo que él no ejerce.

Todavía le falta algo que haga la diferencia, algo que impacte, que empuje al público a comprar una revista desconocida. De los 8000 dólares iniciales le quedan sólo 500, a pesar de que hizo la revista casi solo; la mayoría del presupuesto lo destina a pagar el papel y la imprenta. Los últimos 500 son su gran apuesta. Compra unas fotos de Marilyn Monroe desnuda. Las imágenes ya tienen más de cuatro años pero no han salido a la luz. En el medio, Marilyn se convirtió en una actriz muy exitosa y, lo que a los fines de esta historia es más importante, en un sex symbol ineludible. El fotógrafo Tom Kelly le había pagado a su entonces desconocida modelo 50 dólares para que posara para un almanaque. Creyó que multiplicando por diez su inversión inicial estaba más que bien. Hefner pone a Marilyn en la tapa. El resto es historia.

El público- en realidad, los hombres- agota la edición en pocos días. Las revistas desaparecían del kiosco, aunque después sus compradores la escondieran dentro de sus ropas, otras revistas o al fondo de sus maletines. 54.000 ejemplares vendidos.

De esa manera nacía mucho más que un suceso editorial. Nacía un imperio. En la temporada siguiente, la revista que había aparecido gracias a préstamos familiares ya dejaba ganancias anuales de más de 4 millones de dólares.

Las marcas características de la revista, aquellas que convirtieron a Playboy en un éxito descomunal y, al mismo tiempo, en una de las revistas más influyentes de la historia, fueron apareciendo con el tiempo. Cada una le daba más identidad a la marca. Si el número uno traía el centerfold (aunque todavía no era la Playmate del Mes sino Sweetheart of The Month), el póster central desplegable, en el segundo número apareció la conejita, el logo que se convertiría para siempre en la imagen inconfundible de Playboy.

Pese a su público restringido, sólo varones, y que sus compradores no podían leerla en el transporte público, en los bares y ni siquiera en sus casas frente a otros miembros de su familia, tal vez no haya habido ninguna otra revista que haya tenido tanta influencia en la vida cotidiana de las personas. El imaginario sexual de la segunda mitad del siglo XX estuvo moldeado por Playboy y su ideal de belleza, expresado en las fotos de las mujeres jóvenes y voluptuosas que aparecían desnudas en sus páginas. Pocos dudaban del juicio de Playboy. La Playmate del año era considerada la mujer más atractiva del planeta.

La idea inicial de Hefner había sido desnudar a la “vecina”: mujeres atractivas pero corrientes, de esas que cualquiera podía cruzarse en su edificio, en su barrio, en el subte o trabajando como secretaria (todavía no se pensaba que una de ellas pudiera ser jefa o gerente). Tanto influyó ese modelo que, durante décadas, la forma en que las mujeres llevaban el vello púbico siguió la estética que imponían los centerfolds de Playboy. No está claro si la revista captaba una tendencia en curso o si la marcaba y luego era replicada, impulsada por los deseos masculinos y el propio consumo de la publicación.

Con el tiempo se agregaron celebridades. Hubo actrices, modelos, cantantes, deportistas que se desnudaron en Playboy. Gay Talese alguna vez escribió que muchos hombres vieron por primera vez una mujer desnuda en colores en las páginas de una Playboy.

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También es cierto que la sociedad norteamericana de los años cincuenta era absolutamente conservadora y que la revista ayudó a liberar varias de esas trabas, a derribar algunas barreras. Alguien describió la sociedad en la que la revista surgió como una en “la que las mujeres sólo tenían dos opciones: ser una casta virgen o ser madre de familia y esposa devota”. A veces es difícil explicar cómo logró saltear durante años a la censura.

La osadía, el brindar un producto que nadie más hacía, que estiraba notablemente los límites podía haber sido también su certificado de muerte. Pero Hefner y Playboy aparecieron en el momento justo. Una de sus virtudes innegables fue el timing exacto, perfecto.

Otra contradicción evidente es que mientras lo que la revista declamaba a través de lo más evidente como sus tapas, sus posters, sus páginas de desnudos a todo color, la marca, la figura de Hefner en bata rodeado por mujeres 30 años más jóvenes que él y las historias de la mansión, se contradecía la gran mayoría de las veces con el contenido de sus artículos, de los consejos del consultorio sexual y de las campañas para que la mujer gozara en el sexo y se pensara también en ella. Pero, tal vez, no eran tantos los que compraban la revista por los artículos.

Playboy logró instalar el sexo en la conversación pública. Con todas las limitaciones y excesos descriptos. En cuestiones políticas y sociales, Hefner y la revista fueron muy progresistas y adelantados a su tiempo. En 1955 publicó un cuento que produjo una gran conmoción sobre una sociedad en la norma era la homosexualidad y la heterosexualidad era lo condenable. Hefner, cuando lo criticaron por dar a conocer ese cuento, dijo que era una buena oportunidad para mirar de qué manera la sociedad hacía sentir a los homosexuales. Apoyó, tiempo después, el fallo Roe Vs Wade que aprobó el aborto. Estuvo a la cabeza también de las disputas por los derechos civiles y atacó con denuedo la segregación racial. En su programa de televisión invitaba constantemente artistas de color cuando no era lo usual.

La revista vendió durante décadas alrededor de 5 millones de ejemplares mensuales. El número más vendido de la historia fue el de noviembre de 1972: más de 7.200.000 ejemplares. Después, mucho después, llegó la tecnología y el cambio de costumbres a los que Playboy, siempre tan parecida a sí misma, no se pudo amoldar. La primera baja en las ventas se dio con la aparición de otras revistas que tenían contenido más hardcore como Penthouse o Hustler.

Después con los VHS hubo otra merma. Internet y la posibilidad de tener todo el sexo a un click de distancia, de que las vecinas, las mujeres de la puerta de al lado, ya no aparecían en sus páginas, sino que le enviaban nudes al WhatsApp a su vecino movió definitivamente los cimientos del imperio ya ajado. En 2016 anunció que no habría más desnudos, aunque un año después revirtió la medida. Pocos meses después la edición en papel cerró y sólo quedó la digital.

Ya a fines de los cincuenta, fuera del papel, la marca Playboy se imponía y se diversificaba. Hefner abrió un club nocturno en Chicago. Había ingreso exclusivo, jazz, buenos tragos, meseras que atendían disfrazadas de conejitas. Fue un gran éxito y el emprendimiento se replicó en una veintena de ciudades de Estados Unidos. Comenzaron a proliferar los clubes Playboy en las que las noches eran interminables. Iban parejas y hombres solos. Se escuchaban a las mejores agrupaciones de jazz, se fumaba y cada hombre anhelaba poder terminar la noche con alguna de las conejitas.

En 1963, una joven de unos veintipico de años provocó un cimbronazo fenomenal a la imagen cool de estos clubes. Gloria Steinem escribía para la revista Show. Era alta, bella, algo arrogante y de una inteligencia feroz (sigue teniendo las cuatro características). Se infiltró en el club que estaba en la calle 59 de Nueva York para contar cómo eran (mal)tratadas las mujeres que trabajaban ahí. Vestida como conejita (orejas, moño blanco y negro, body apretado, pompón en la cola) hizo de mesera para poder contar la experiencia ser una Bunny desde adentro. Desde ese momento, Hefner sindicó a las feministas como sus mayores enemigas.

Otra de las extensiones fueron los programas de televisión que Hefner encabezó. Simulaban veladas en su penthouse o en el salón principal de su mansión con grandes invitados, los mejores músicos de jazz y, por supuesto, conejitas. Allí se popularizó su figura. Nunca, ni antes ni después, un editor de revistas fue tan famoso.

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Hugh Hefner primero creó la imagen, después la vivió. En esos años, era el epítome de lo cool. Había que vestirse como él, fumar como él, salir con las mujeres con las que salía él. Era el ideal del hombre soltero (o divorciado). Su revista llegó en el momento exacto. Y él entendió como pocos el espíritu de época, el cambio, las revoluciones que se producían en la vida cotidiana y en el sistema de creencias. El hombre de los pijamas. La imagen del creador de Playboy quedará perpetuada un su pijama, la bata de seda roja, las pantuflas, la gorra de capitán de barco y la pipa delgada apenas apretada con la comisura de los labios, haciendo equilibrio cada vez que hablaba.

Cuando llegó a la televisión a fines de la década del cincuenta, se separó de su primera mujer. Su imagen pública se resignificó. Una especie de James Bond con pijamas de seda y pipa colgando de los labios con acceso a las mujeres más deseadas del mundo. Recién se volvió a casar en 1989, con Kimberley Conrad, Playmate del Año y 38 años más joven que él. Tuvieron dos hijos y un matrimonio breve. Tras la separación, Hugh volvió a las fiestas. Para esa altura, ya veterano, contó con un ayudante indispensable. Ya había sido descubierto el viagra y Hefner se convirtió en uno de sus principales voceros: “Es lo más cercano que he visto a la Fuente de la Juventud”, dijo.

En 2012, se casó por tercera vez. Ya no fue la Playmate del Año sino una de las participantes de su reality. Crystal Harris tenía 25 años, 60 menos que él.

La derivación más evidente de Playboy, sobre la que mayores leyendas se tejieron y la que más influencia tuvo en la construcción de la imagen de la revista y de Hefner, fue la Mansión Playboy, pintada, muchas veces, como el paraíso. El lugar en el que todos querían estar. Alguien dijo que era como el Disney para adultos. Le faltó aclarar que era el Disney para hombres adultos. La revista Time en los ochenta afirmaba: “Al fin y al cabo tanto Disney como Playboy venden fantasías. Playboy hace que las mujeres parezcan irreales. Disney hace que las aventuras irreales parezcan reales”. Ambas fueron los dos grandes triunfos de la industria del entretenimiento americano de posguerra, de la segunda mitad del siglo XX. Y ambas tienen algo más en común, que tal vez haya sido el secreto del éxito y nadie se ha dado debida cuenta: el rasgo que comparten Mickey Mouse y las conejitas de Playboy son las orejas grandes.

Lo que siempre se supo pero se prefería no ver, ni mencionar, ahora es evidente. En la Mansión había abusos y violaciones de todo tipo. Mujeres maltratadas, drogadas, tomadas casi como rehenes, para ser utilizadas por hombres poderosos, célebres, millonarios.

La Mansión funcionaba como una especie de enorme y sofisticado burdel con el anfitrión sirviéndose de las jóvenes dispersas por la casa, ofreciéndolas a sus amistades y socios comerciales, utilizándolas como moneda de cambio mientras él se paseaba en bata y tomaba a la gente que deseaba sin importar el consentimiento ajeno. “La gente se imagina que las fiestas eran salvajes. Pero se equivocan. Eran mucho más salvajes de lo que se imaginan”, dijo una de las ex playmates en un reciente documental.

Alguna vez Hefner dijo que la compra de la Mansión había sido la mejor inversión en la larga historia de la empresa. Y no se estaba refiriendo al negocio inmobiliario, a la revalorización de la propiedad. La Mansión era la principal, era la comprobación fáctica de que el mundo que ellos pregonaban y vendían desde sus páginas podía existir en realidad.

El legado que ha quedado en pie de la revista es negativo. Ya muchos olvidan que Hefner y Playboy fueron importantes en la liberación sexual. Se recuerda el sexismo, el machismo rampante, el uso de la mujer como objeto, los abusos que se vivían en la Mansión Playboy. Y, queda también, la imagen algo patética de ese hombre negando el paso del tiempo, empecinado en las batas y pijamas de seda, en su postura de Don Juan pagador, rodeado de chicas veinteañeras casi sin ropas, desnudando no sólo su piel, sino, tal vez como nunca antes, el aspecto de explotación que rodeaba a Hefner y a Playboy. Ni él ni su empresa conectaban más con su tiempo desde hacía décadas. Se volvieron anacrónicos, vetustos.

Hugh Hefner murió el 27 de septiembre de 2017. Tenía 91 años.

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